Héctor Bordas, Judith Cardona y Diego Lasierra formaban parte de uno de los tres equipos ganadores del Ecotour Challenge 2025 y tuvieron el privilegio de disfrutar de una semana de viaje por la Val d’Aran,situada en los Pirineos de Cataluña, para conectar con el territorio y comprobar si sus ideas eran viables. A su llegada a este valle —peculiar en muchos sentidos— fueron recibidos por Sara Arjó, bióloga y directora de Verd e Blu, que se convirtió en su guía de naturaleza personal. La propuesta con la que se convirtieron en uno de los tres equipos ganadores gira en torno a la masificación. Se basa en un agente de inteligencia artificial que interactúa entre los espacios naturales y el turismo, optimizando la distribución de los visitantes en tiempo real, evitando la concentración y favoreciendo el equilibrio entre la naturaleza y la presencia humana. Un proyecto que pudieron testar en este valle de los Pirineos de Cataluña. Un escenario natural singular y refugio de la biodiversidad La Val d’Aran es Reserva de la Biosfera y un referente en turismo sostenible, con servicios de alojamiento y restauración respetuosos con el medio natural. Este valle no solo tiene una lengua propia, el aranés, sino que también su localización geográfica y su orografía —que la mantuvo aislada durante mucho tiempo— ha influido en las costumbres de sus habitantes. El 90% de su territorio es virgen y su paisaje de bosques frondosos de pinos negros, abetos, robles y hayas, ríos cristalinos, cascadas y pueblos de piedra invita a vivir la naturaleza con respeto y mucha calma. La diferencia de alturas, con cimas que van de los 300 metros hasta los 3.000, junto con vientos húmedos del Atlántico, convierten este valle en un hábitat natural con una gran biodiversidad. Parajes como Montgarri y la Artiga de Lin son ideales para observar osos, lobos, linces, ciervos y marmotas. Aprender el lenguaje de la naturaleza Durante la semana que pasaron en este espacio natural, Héctor, Judith y Diego realizaron actividades diversas, como la observación de aves, entre ellas águilas reales, quebrantahuesos, halcones y milanos. Muchas se encuentran en los bosques de ribera que siguen el curso del río Nere. Además, aprendieron a reconocerlas por su canto. También realizaron incursiones nocturnas para poder descubrir alguna de las diez especies distintas de murciélagos que habitan la zona, especialmente en el pueblo de Betren. Para que los tres chicos pudieran conectar con el paisaje y explorar cómo otras especies perciben y se comunican con su entorno, Sara ideó una serie de experiencias sensoriales. Las pruebas consistían en potenciar sus cinco sentidos: vista, oído, tacto, olfato y hasta el gusto, ya que llegaron a probar algunas plantas y frutos silvestres. El objetivo era que el grupo viese sin ver, que reconociese el ecosistema con plena conciencia, sabiendo dónde y qué estás haciendo sin ningún tipo de interferencia con el entorno natural. Así comprendieron el valor de los hábitats vírgenes como la Val d’Aran y la fragilidad de las especies ante todo tipo de amenazas, incluida la masificación turística. También volvieron convencidos de la necesidad de crear herramientas tecnológicas que no interfieran, sino que colaboren con el mundo natural. Para Sara es vital la educación medioambiental, dar a conocer y traducir el idioma de la naturaleza para que las personas que no han tenido casi contacto con esta se den cuenta de lo que hay dentro de un paisaje. Su objetivo es que los grupos a los que guía conozcan y sean conscientes de la riqueza natural, porque si la conocen y la entienden la preservarán.